Larouche

Los iniciados ya saben que este señor nos regala sesiones extraordinariamente largas en sus intervenciones, pero también saben que hay que escucharlas y estar atento a lo que en ellas se dice para conocer qué movimientos  se están dando en la realidad financiera estadounidense.

Los fascistas contra FDR, entonces y ahora Los oligarcas están desplegados para destruir a Estados Unidos, basados en el modelo del asalto fascista de sus predecesores en contra de Franklin D. Roosevelt en los 1930. Parte 1 por John Hoefle 6 de febrero de 2009.—

La historia de Estados Unidos está dominada por la lucha de nuestra nación por liberarse del sistema oligarca representado por el imperio británico, y conducir al mundo a una nueva era de libertad y prosperidad. Esta lucha no es, como muchos querían hacérnoslo creer, un artificio histórico, sino una lucha en marcha entre un mundo que quiere ser libre y una oligarquía parásita que desea gobernar sobre nosotros como si fueramos ganado.

Quienes duden de ésto solo consideren las implicaciones de la gran estafa de la artimaña del rescate financiero, en la que se está obligando a la población en general a pagar la cuenta, mientras que se rescata a los parásitos que nos entregaron este desastre.

¿No nos están conduciendo, como si fueramos ganado, al matadero, para que los financieros imperiales continúen su festín?

En la época medieval, los oligarcas gobernaban abiertamente, y sus principales rivales eran otro oligarcas; pero eso cambió con el surgimiento de los estados nacionales, y en particular con el establecimiento de Estados Unidos como república constitucional.

A pesar de los repetidos intentos de los británicos por derrotar y subyugar a Estados Unidos, sobrevivimos, y bajo el Sistema Americano de Economía Política, crecimos hasta convertirnos en la nación más poderosa sobre el planeta”

Fascismo en Estados Unidos

El movimiento fascista estaba activo en Estados Unidos, y con centro en Wall Street, como convenía a un movimiento que tambien podría describirse con precisión como el socialismo de los banqueros. Los socios de J.P. Morgan & Co., financiaron activamente a Hitler y a Mussolini. La Standard Oil de Nueva Jersey y el Chase Bank de los Rockefeller tenían dilatados nexos con los nazis, así como también la International Telephone and Telegraph (ITT construyó, entre otras cosas, los bombarderos Focke-Wulf alemanes). El presidente de la Standard Oil, William Teagle, fue director de la IG Chemical Corp. Americana, una subsidiaria de la infame IG Farben de triste fama por los campos de concentración. En 1947, el juez estadounidense Charles Clark dictaminó que “se puede considerar a la Standard Oil como un enemigo de la nación en vista de sus relaciones con la IG Farben, luego de que Estados Unidos y Alemania se habían vuelto enemigos activos”.

Irene du Pont estaba “obsesionada con los principios de Hitler” y era una “seguidora vehemente de la carrera del futuro Führer en los 1920”, señaló Charles Higham en su libro Comerciando con el enemigo: una denuncia del complot monetario nazi-americano 1933-1949 (Nueva York; Delacorte Press, 1983). Higham cita un discurso que dió du Pont en la Sociedad Química Americana en 1926, en donde aboga por una raza de superhombres, que se logrará inyectandoles ciertas drogas a los niños.

Para 1933, los du Pont financiaban grupos fascistas en E.U.A., como la Liga Libertad, que calumnió a FDR tachándolo de comunista que se rodeaba de judíos. Para principios de 1934, los du Pont, la gente del Banco Morgan, y la General Motors controlada por du Pont/Morgan, financiaban un golpe de estado en contra del Presidente. Los conspiradores intentaron reclutar al general de la Armada, altamente condecorado, Smedley Butler para que encabezara el golpe, pero Butler, en vez de esto alertó a la Casa Blanca.

En 1942, diez meses después de que Estados Unidos entraron a la II Guerra Mundial, se incautó la Union Banking Corp., bajo la Ley de Comercio con el Enemigo. Uno de los directores de la Unión con sede en Nueva York era Prescott Bush, padre del presidente George H. W. Bush y abuelo del presidente George W. Bush. Prescott Bush era gerente socio de Brown Brothers Harriman, cuyo E. Ronald Harriman era presidente de la Union, que representaba los intereses de la familia alemana Thyssen en Estados Unidos. De hecho, una investigación del gobierno de Estados Unidos mostró que la Union estaba fuertemente entrelazada con German Steel Trust de Thyssen, que producía una parte sustancial del acero y explosivos de la Alemania nazi.

La German Steel Trust, la corporación industrial más grande de Alemania, fue creada en 1926 por el banquero de Wall Street Clarence Dillon, de los Dillon Read. Dillon era amigo del papá de Prescott Bush, Sam Bush. El dueño mayoritario de Steet Trust era Fritz Thyssen, uno de los principales patrocinadores de Hitler. Thyssen y su socio en Steel Trust, Friedrich Flick, aportaron la mayor parte del apoyo financiero a los nazis, lo que les permitió a ellos y a otros industriales alemanes tratar a la SS Nazi y la SA como ejércitos privados. Flick sería después sentenciado en Nuremberg.

Averell Harriman, de la familia bancaria Harriman, se reunió con Mussolini para cimentar acuerdos de negocios, en tanto que el socio de Morgan, Thomas Lamont, quien se describía a sí mismo como “algo así como un misionero” del fascismo italiano, arregló un préstamo por $100 millones de dólares para Mussolini en 1926. Lamont llegaría a ser presidente de Morgan en 1943.

Esta no es de ninguna manera la historia completa de cómo los oligarcas financieros crearon y orientaron los movimientos fascistas de los 1920 y 1930, pero es suficiente para indicar que el fascismo fue organizado y alimentado por una pequeña camarilla de banqueros occidentales, entre ellos la familia Bush.

Después de la guerra, esta misma red maniobró para encubrir sus conexiones nazis. James Stewart Martin, en su libro All Honorable Men (Boston: Little Brown and Co., 1950) detalló cómo su equipo de investigadores estadounidenses vió continuamente obstruídas sus investigaciones sobre los origenes y operaciones de los monopolios industriales y financieros nazis. En esto tuvieron papeles significativos, sir Percy Mills del Imperio Británico y el general William Draper Jr., de Dillon Read, el banco de inversiones con vínculos a Bush que manejó sumas significativas de los préstamos privados usados para reconstruir Alemania después de la guerra.

Draper fue un destacado partidario de la eugenesia, y patrocinador de la tercera Conferencia Internacional sobre Eugenesia en Nueva York en 1932. La primera de estas conferencias se celebró en Londres en 1912; la segunda se celebró en Nueva York en 1921. La familia Harriman fue una importante financiadora de la eugenesia y fue su fetichismo por el control poblacional lo que le ganó el mote de “condones” al joven congresista por Houston, George H.W. Bush.

Esta seudo ciencia angloamericana fue usada como modelo por Adolfo Hitler para sus políticas raciales nazis. Hitler era un loco, pero creado por la oligarquía.

FDR salió avante

Lo esencial que hay que destacar sobre Franklin Delano Roosevelt, es que tomó a una nación devastada por las políticas de saqueo de los banqueros imperiales —los “monárquicos económicos” como él les llamaba— y restableció el concepto de soberanía nacional. El salvó a la nación de los fascistas, y ellos ni lo han olvidado ni se lo han perdonado. FDR forzó a los banqueros a que entraran en cintura, usando las audiencias de la comisión bancaria del Senado llevadas a cabo por el fiscal Ferdinand Pecora, para poner al descubierto la corrupción y arrogancia de Wall Street, ganándose así el apoyo popular para que se aprobaran una serie de regulaciones y reformas.

Un blanco particular fue J.P. Morgan y Co., el banco que controlaba una larga fila de industrias norteamericanas, desde ferrocarriles, acero, materias primas hasta generación eléctrica. J.P. “Jack” Morgan había mostrado su desprecio por el gobierno durante las audiencias Pecora, cuando posó para su testimonio con un enanito en su regazo, un despliegue de arrogancia que le costo caro.

Morgan era en esencia un banco británico, que comenzó como la sucursal en Nueva York de J.S. Morgan & Co de Londres, un banco con estrechas ligas a los intereses bancarios venecianos Rothschild. Con un constante flujo de dinero de Europa, Morgan encabezó la batalla para quebrar a los empresarios del Sistema Americano y se apoderó de sus operaciones. De esta manera, Morgan engulló intereses ferroviarios e industriales, integrándolos en monopolios como U.S. Steel y General Motors. Los socios de Morgan se consideraban a sí mismos banqueros internacionales, por encima de las simples naciones. Ellos no fueron los únicos en considerarse así, aunque sí eran los banqueros más poderosos en Estados Unidos.

Morgan, como ya vimos, tambien tuvo un papel clave en el complot para derrocar a FDR en 1934. Aunque por razones políticas, nunca se juzgó por sus crimenes a los traidores conjurados, el gobierno no pasó por alto las ramificaciones de sus acciones y se preparó para acabar con su poder. Una forma en que se hizo esto fue con la aprobación de la Ley Glass-Steagall, que le prohibió a los bancos comerciales mezclarse en el negocio de valores. Esta ley forzó al banco Morgan a dividirse en dos compañías por separado, el banco comercial J.P. Morgan y el banco de inversiones Morgan Stanley.

Las acciones de FDR no fueron simplemente un castigo, sino una demostración de que la ley se aplica por igual a los financieros imperiales que a cualquier otra persona; que ellos estaban sujetos a la ley, no estaban por encima de ella. Por esto, el imperio lo odia hasta nuestros días.

La batalla hoy

Hoy, el gobierno de Obama enfrenta problemas similares por su naturaleza, a los que enfrentó FDR cuando tomó posesión, pero a una escala mucho mayor. Hace mucho que se anularon la mayoría de las reformas regulatorias aprobadas por FDR para controlar a los financieros, y la nación tiene una base agroindustrial mucho más débil que la que tenía en la época de FDR. Lo que es más importante, tenemos un sistema bancario que está irremediablemente en quiebra, y nos hemos enfrascado en un intento de rescate, criminalmente desquiciado, de los financieros imperiales, lo que amenaza con una explosión hiperinflacionaria que acabaría con el valor del dólar y destruiría lo que queda de la nación.

La única manera de evitar un desplome hacia una Nueva Era de Tinieblas es retornar a la filosofía del Sistema Americano, como lo personificó por último FDR, y Lincoln antes que él. Por sobre todas las cosas, tenemos que defender la soberanía de la nación de la depredación de los financieros.

Precisamente la posibilidad de una lucha como esa, es lo que ha sacado del cucarachero a los apologistas y los propagandistas del imperio. Han lanzado una campaña renovada para asesinar el carácter y los logros de Franklin D. Roosevelt, con la esperanza de que esta vez el imperio ganará, y el logro asombroso que fue la Revolución Americana, pueda ser finalmente derrotada por completo.

Reescribir la historia para esconder las contribuciones de los grandes hombres, es una técnica pulida al grado de ser un arte por parte de la oligarquía en su intento por mantener esclavizado al mundo. En la búsqueda de esto, los oligarcas nunca descansan; sus biógrafos contratados producen resmas de mentiras y obcecaciones diseñadas a esconderle las grandes ideas de la historia a una población que prefieren que se mantenga en la ignorancia y distraida.

El asalto más reciente en contra de la memoria de FDR provino de la pluma ponzoñosa de una Amity Shlaes, una periodista prostituta cuya falta de intelecto solo es comparable con su deseo de agradar a sus amos. Su libro sobre Roosevelt, El Hombre Olvidado: Nueva Historia de la Gran Depresión (Nueva York: HarperCollins, 2007)[1] solo vale la pena que lo lean aquellos que estudian las técnicas de propaganda de la oligarquía. Si es que Shlaes entiende aunque sea algo de lo que realmente hizo FDR, lo esconde muy bien; lo superficial de su análisis sugiere que sabía menos sobre el tema que lo que sabía Fala, el perro de Roosevelt. Pero de nuevo, su papel no es explicar a FDR, sino acabar con su reputación y sus métodos, en un intento por evitar que resurjan. Shlaes fue contratada no para decir la verdad, sino para esconderla, un trabajo que se le facilitó mucho más porque ella no es capaz de reconocer la verdad ni siquiera si se tropieza con ella.

Shlaes afirma que Roosevelt no tenía un plan general y que era tan “aleatorio” que era “tétricamente impredecible” para los banqueros. Era un opositor, se queja de los “grandes negocios”. Solapadamente condena a la gente que manejó el Nuevo Trato diciendo que aunque no eran, en general, traidores, estaban fuertemente influenciados por los comunistas; hasta agita el especto del antisemitismo. En general un trabajo patético, putesco, e incompetente.

Shlaes, el personaje real de la película de horror “Amityville”, fue bien entrenada en la duplicidad. Hizo su cuota de trabajo en la página editorial del Wall Street Journal (más conocido como El Urinal) en donde se volvió protegida de Robert Bartley, un hombre que servía de vínculo entre la élite fascista en la Sociedad Mont Pelerin y sus golems igualmente fascistas, los neoconservadores. Después de su entrenamiento para el Urinal, Shales se mudó al periódico que el Urinal desearía ser, el Financial Times de la propia City de Londres, donde continuó su concubinato. Hoy, Shlaes es columnista de Bloomberg y una socia de número del Consejo de Relaciones Exteriores, retoño estadounidense del Real Instituto de Asuntos Internacionales de Gran Bretaña.

Shlaes escribió su diatriba cuando cuando estuvo becada en el American Enterprise Institute, rabiosamente a favor de los monopolios. El AEI se inició como la American Enterprise Association, un grupo formado en Nueva York en 1938 para oponerse a las reformas de FDR. Se mudó a Washington en 1943, y desde entonces ha servido como un grupo de cabildeo imperial y centro de lavado cerebral. El libro fue publicado por Harpers Collins, que dirije el agente británico Rupert Murdoch. Toda la operación es transparentemente británica.

Shlaes dejó ver explícitamente la naturaleza de su trabajo pagado en el artículo firmado que escribió el 1 de febrero de 2009 en el Washington Post, en donde ella dice que el presidente Obama “ha dejado en claro que su modelo es Roosevelt”. Procede a tratar, inútilmente, de demostrar que FDR “no merece ser emulado”. Por todo el artículo, se transparenta su perspectiva de parásito financiero, volviendo objeto de burla sus propios argumentos.

La importancia del trabajo de Shlaes reside no en lo que ella hizo, sino en que es un intento desesperado de sus titiriteros brutánicos por descabezar las políticas del principal promotor de una respuesta al estilo FDR hoy, Lyndon LaRouche. Con el mundo atrapado en las garras de una crisis acelerada, las líneas de batalla entre las exigencias del imperio y las necesidades de la población están más claramente marcadas que nunca desde hace siglos.

Los oligarcas del sistema liberal angloholandés están en serios problemas. Su sistema financieros ha fracasado, ellos mismos están en quiebra, y los gobiernos se están dando cuenta de que tienen que tomar medidas para meter en cintura a los especuladores que han destruído al mundo. En este contexto, el éxito de FDR es un faro de esperanza, un ejemplo de lo que se puede hacer. En contra de esto, el juicio de la historia va a aplastar como moscas los desvarios de Amity Shlaes y la bola de ratas que elogian sus argumentos.

johnhoefle@larouchepub.com

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